Ayer 12 de diciembre celebramos una misa en memoria de mi hijo Jonathan. Asistieron familiares y amigos, estuvimos juntos orando por él y deseándole lo mejor. Fue una misa especial, con un sacerdote que nos habló que en esta fecha se celebra la fiesta de la Patrona de América, La Virgen de Guadalupe y nos compartió la historia de la Santísima Virgen así de como junto con ella, La Virgen de Lourdes y la Virgen de Fátima son las expresiones aceptadas por la Iglesia. Es una bonita coincidencia, porque Jontahan hacía peregrinaciones en Semana Santa para visitar el Santuario de la Virgen de Las Lajas y era devoto de la Virgen.
Hizo referencia a la muerte, como el inicio de una nueva vida, a pesar del dolor, la agonía, la angustia, la ausencia y la tristeza por su partida. Hizo mención del libro de La Sabiduría en la Sagradas Escrituras, en relación a un pasaje en el cual dice:
"Mas el justo, aunque sea arrebatado de muerte prematura, estará en lugar de refrigerio o reposo,
porque no hacen venerable la vejez, los muchos días, ni los muchos años: sino que la prudencia y el juicio del hombre suplen las canas,
y es edad anciana la vida inmaculada.
Porque el justo agradó a Dios, fue amado por él; y como vivía entre los pecadores, fue trasladado a otra parte,
Fue arrebatado para que la malicia no alterase su modo de pensar, ni sedujesen su alma las apariencias engañadoras del mundo.
Pues el hechizo de la vanidad del siglo oscurece el bien verdadero; y el inconstante ímpetu de la conscupiscencia pervierte el ánimo inocente.
Con lo que vivió, llenó la carrera de una larga vida.
Porque su alma era grata a Dios, por eso mismo se apresuró el Señor a sacarlo de en medio de los malvados. Viéndolo, las gentes no entendieron ni reflexionaron en su corazón.
Ser esto una gracia y misericordia de Dios para con sus santos, y providencia particular con sus escogidos".
Sus palabras fueron alentadoras e intentaron dar tranquilidad y resignación, porque siempre, siempre, siempre, la pérdida de un ser querido no puede borrarse de la memoria, ni aceptarse como un hecho natural, más, cuando ese ser querido es nuestro hijo en quien se tenían fincadas ilusiones y esperanzas.
Fue un momento compartido y una oportunidad para reencontrarnos en su memoria. Que Dios lo bendiga y lo tenga en su gloria.